Alicia cumple 150 años. Sí la del País de las Maravillas

El 4 de julio de 1865 se publicó Las aventuras de #AliciaEnElPaísDeLasMaravillas .  Su autor era un diácono anglicano, escritor de cuentos para niños, profesor de lógica y enamorado hasta las cachas que respondía ante su amor y las matemáticas por el nombre de Charles Lutwidge Dodgson y ante el mundo literario como Lewis Carroll. Finalmente, cuando lo enterraron pusieron en la lápida su nombre original y entre paréntesis su denominación artística.

Todo había empezado también un 4 de julio de tres años antes cuando Charles (que frisaba los treinta años) y Alice Lidell (de diez), junto a un amigo de Charles y las dos hermanas de Alice, fueron a dar un paseo en barca por un río cercano a Oxford, donde impartía las clases de lógica. Las niñas, adorablemente irracionales, prefirieron que su maduro amigo las divirtiese con algo muy alejado del modus ponens: un cuento lleno de sinsentidos, falacias y sofismas. El profesor, habitualmente constreñido por las reglas de inferencia y las convenciones victorianas, dejó volar su imaginación más allá de las restricciones del sentido común y compuso una sinfonía de juegos de palabras, rompecabezas semánticos, chistes alambicados, parábolas bíblicas y metáforas incendiarias que hizo las delicias de Alice y sus hermanitas.

Por ejemplo, el relato comienza con la caída de Alicia por una madriguera de conejo en la que se relativiza el espacio y el tiempo anticipando las intuiciones de Einstein. Más tarde, Alicia hablará con extinguidos dodos y conejos al borde de un ataque de ansiedad, lo que hará que se prohíban en países musulmanes porque, aducen los lectores del Corán, es demoníaco que los animales parloteen. Incluso pondrá en cuestión la institución monárquica cuando se enfrente a la Reina Roja en la segunda parte, Alicia a través del espejo.

La Reina Victoria, encantada

Paradójicamente, la primera parte había encantado tanto a la Reina Victoria que le pidió a Carroll que le enviase su siguiente libro aunque para su desolación fue más bien Dodgson que Carroll el que le envió: “Un Tratado Elemental sobre Determinantes, con Aplicaciones a Ecuaciones Lineales Simultáneas y Geometría Algebraica”.

Parece salido de la imaginación lógicamente delirante de Carroll el que dos profesores de Yale están traduciendo Las aventuras de Alicia… a jeroglíficos del egipcio tardío. La versión en emoji también debe ser digna de verse y quizás comprenderse. También está traducido en jerga cockney de Londres y en scouse, que es el dialecto de Liverpool. Y luego hay quien se horroriza porque Andrés Trapiello actualiza el Quijote. Traducir Las aventuras de Alicia…, una mezcla de lógica difusa, poesía surrealista, birlibirloques fonéticos, retruécanos intraducibles y canciones infantiles necesitaría un conocimiento lingüístico de ambas lenguas, una sensibilidad literaria y un sentido lúdico a la altura de Vladimir Nabokov (que la tradujo al ruso).

Como casi todas las grandes obras de la literatura, del Ulises de Homero al de Joyce, pasando por Don Quijote o la Divina Comedia consisten en un viaje de aventuras que provoca un cambio interno, una mutación, en el protagonista. La gran pregunta se la plantea Alicia en el capítulo segundo cuando se cuestiona “Who in the world am I?” (“¿Quién rayos soy yo?”) y se responde “Ah, that’s the great puzzle” (“Ah, ese es el gran rompecabezas”). El problema de la identidad es la cuestión clave en la narrativa contemporánea, como muestra el hamletiano “ser o no ser, esa es la cuestión”. Pero lo que antes se planteaba desde un punto de vista trágico, a mitad del siglo XIX aparece ya como un dilema existencialista sobrellevable, a medio camino entre el absurdo y el humor.

Con un reverso tenebroso, claro. Porque ese país de las maravillas también plantea una dimensión demoníaca. Dante fue capaz de atravesar el río Leteo para bajar al infierno buscando a su amor secreto, la virginal Beatriz, que tenía nueve años cuando la vio por primera vez. Alice Lidell sólo tenía un año más, diez, cuando hizo aquel viaje iniciático por el río oxoniense. La segunda vez que Dante vio a Beatrice, ésta tenía dieciocho años. Y, por esas casualidades en las que la vida imita al arte, Carroll hizo su última fotografía a Alice cuando cumplió dieciocho años, con un aire entre depresivo y distante, muy lejano del vibrante y dicharachero que mostraba en el relato mítico. Lo que no sabía Alicia es que su cuentista favorito también era su enamorado secreto. Como si fuera un remedo del doctor Jeckyll y Mr. Hyde, el reverendo Dogson, tan lógico y flemático, se inflamaba por dentro como un nabokoviano Humbert Humbert sentimental cuando veía a la pequeña Alice Lidell. Tampoco tenemos que rasgarnos las vestiduras porque seguramente no había ni un atisbo de sexualidad en el amor platónico de Carroll por su amiguita, aunque en un momento dado la madre de la niña le prohibió que siguiera viéndose con ella o sus hermanas. En aquella época, la edad para casarse era de doce años.

Juegos de palabras y juegos lógicos, juegos del deseo y juegos políticos… todo tiene el aire del juego en el cuento que el reverendo y profesor de Lógica Charles L. Dodgson, transmutado en Mr. Carroll, le escribió a su amiguita Alice Lidell y que ha quedado como una de las más bellas, inteligentes y sutiles declaraciones de amor. Complejo pero no complicado, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es un libro infantil que apreciarás cuanto más crezcas, ya que aprenderás de semántica y pragmática con Humpty Dumpty, por qué es mejor celebrar los no-cumpleaños con el Sombrero Loco o paradojas lógicas con el Gato de Cheshire. Construido como una serie de acertijos a través del laberinto de un lenguaje tan poético como riguroso, nunca un juego fue más serio.

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