Es mejor que padres e hijos no sean “amigos” en las redes sociales. Según analistas.

La mayoría de los adultos con hijos menores de edad que estén en Facebook o en cualquier otro servicio similar tiene curiosidad por saber qué dicen sus chicos en las redes sociales. Y a quién. Y cómo y por qué. No obstante, los padres en general se sienten desorientados al relacionarse con los muchachos en las plataformas 2.0.
Ambas situaciones son tan lógicas como habituales. Por eso, cada vez hay más profesionales que, como The Alec B o Mary C. Long, proponen afrontar estos problemas con valentía. Estos especialistas, que difunden sus consejos en páginas muy populares –Social Media Examiner, MediaBistro, etcétera–, sostienen que lo sensato es mantener una distancia prudencial y circunscribir las conversaciones al universo físico y tangible.

Por diez razones:

1. Los mensajes de los chavales molestarán a sus familias. En internet, los jóvenes tienen la sensación de estar solos con sus amigos y se expresan sin cortapisas ni pudor. Las quejas que expresan en casa, en presencia de sus progenitores, hermanos… se multiplican en la Web, en número y en acritud.
2. Los mensajes de los padres también disgustarán a sus vástagos. Si las partes se enzarzan en una discusión virtual, docenas de usuarios tendrán la sensación –embarazosa– de asistir a una disputa doméstica, con la peculiaridad de que en esta ocasión estará siendo ventilada por sus actores principales a escala mundial y en directo, sin opción de rectificar.
3. Los hijos, sin pretenderlo, acabarán avergonzando a sus mayores. Lo mejor es que los padres ignoren ciertos detalles íntimos –o simplemente personales– de los jóvenes. Esa ha sido la norma a lo largo de las décadas y, para los analistas, así debería seguir. De lo contrario se desencadenan más inconvenientes que ventajas.
4. Los progenitores humillarán igualmente a los menores. La denominada “brecha generacional”, esto es, el trecho que les separa en la vida real, se hace más patente en la red. Unos y otros son conscientes de ello, pero constatarlo resulta doloroso.
5. Los adultos se decepcionarán a sí mismos. Al entrar en el círculo de los púberes de esta forma, torpe y grosera, las familias manifiestan su debilidad e inseguridad. Según los expertos, la consecuencia de esta acción a menudo es un profundo desengaño.
6. La privacidad es un límite imprescindible e infranqueable. La manera idónea de que los padres enseñen la importancia de este valor es dando ejemplo. O sea, ellos tendrían que ser los primeros en moderarse en los medios 2.0.
7. La confianza cuenta, y mucho. Es evidente que a los adolescentes no les agrada que sus progenitores les estén controlando sin descanso, incluso cuando se conectan a Facebook.
8. Siempre hay que proceder con discreción. Al formular esta recomendación, los profesionales no están pensando precisamente en sofisticados métodos de espionaje. ¿Qué necesidad tienen las familias de pelearse en público? Ninguna, ¿verdad? Pues entonces no deberían hacerlo en línea.
9. La vigilancia tiende a convertirse en una distracción extra que casi nadie puede permitirse. Sin llegar a la obsesión patológica, la supervisión exhaustiva de la actividad digital de los hijos les roba demasiadas horas a los padres.
10. A numerosos padres les continúa faltando (in)formación. En un estudio elaborado por la Fundación para el Desarrollo Infotecnológico de Empresas y Sociedad (Fundetec) se recuerda que, si bien más del 90% de los españoles entre 14 y 17 años se mueven por los medios 2.0, solo el 71% de los progenitores encuestados afirma que sus hijos utilizan estas herramientas.
Este repertorio de argumentos no significa que las familias tengan que desentenderse de la vertiente tecnológica de los jóvenes y despreocuparse por las consecuencias de sus comentarios, fotografías, vídeos, enlaces… Su obligación es prevenirles sobre determinados peligros, avisarles de la existencia de personajes indeseables y plantearles –desde el respeto– cuestiones acerca de sus progresos en el ciberespacio.
Los portavoces de Facebook señalan que nuestros menores actualizan su estado en este sitio con una frecuencia que supera en un 94% a la de los adultos. Además, los chavales mandan más mensajes –la diferencia es del 124%– y pulsan el botón de “Me gusta” con mayor intensidad –en concreto, un 160% más–. Por lo tanto, no hay que adoctrinarles jugando en su terreno, sino ayudarles transmitiéndoles valores y principios de aplicación universal.

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